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    No le costó dar con el rastro. El buscador de oro, en su desesperación,dejaba huellas tan nítidas que ni siquiera precisó buscarlas. A los pocos minutos lo encontró aterrorizado frente a una boa dormida. El hombre le apuntó con su escopeta. No te siguen.

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    Sinhacer caso de los alaridos le ató por los tobillos, lo arrastró hasta la orilla del río,y al dar las primeras brazadas sintió que el infeliz ya estaba muerto.

    En la ribera opuesta lo esperaban los shuar. No lloraban por el extraño. Lloraban por él y por Nushiño. El no era uno de ellos, pero era como uno de ellos. Por su culpa, Nushiño no se iría. Se había deshonrado, y al hacerlo era responsable de la eterna desdicha desu compadre. Sin dejar de llorar, le entregaron la mejor canoa.

    Podría pasar por los caseríos shuar, pero no tenía derecho adetenerse. Los shuar empujaron la canoa y enseguida borraron sus encontrar pareja por internet de laplaya.

    Capítulo cuarto Luego de cinco días de navegación, arribó a El Idilio. El lugar estabacambiado. Una veintena de casas se buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula formando una calle frente al río,y al final una construcción algo mayor enseñaba en el frontis un rótulo amarillocon la palabra ALCALDÍA.

    La depredaban sin consideración, y esto conseguíaque algunas bestias se volvieran feroces. Y estabantambién los gringos venidos desde las instalaciones petroleras.

    Llegaban en grupos bulliciosos portando armas suficientes para equipar aun batallón, y se lanzaban monte adentro dispuestos a acabar con todo lo que semoviera. Los gringos se iban, las pieles permanecían pudriéndose hasta que unamano diligente las arrojaba al río, y los tigrillos sobrevivientes se desquitabandestripando reses famélicas. Antonio José Bolívar se ocupaba de mantenerlos a raya, en tanto loscolonos destrozaban la selva construyendo la obra maestra del hombre ci-vilizado: el desierto.

    Pero los animales duraron poco. Antonio José Bolívar P roaño se quedó con todo el tiempo para sí mismo, ydescubrió que sabía leer al mismo tiempo que se le pudrían los dientes. Límpieme la boca ydiscutamos el precio de una de esas placas tan bonitas. El alcalde se vio obligado a usar todo su escaso poder de convicción paraarrastrar a los escurridizos lugareños hasta la mesa gubernamental. Antonio José Bolívar llegó también hasta la mesa. Desconfiado, acercó el rostro hasta el papel que le tendían, y se asombróde ser capaz de descifrar los signos oscuros.

    Al sufragio universal y secreto. Por algo es un derecho. A su excelencia, el candidato del pueblo. Antonio José Bolívar votó al elegido y, a cambio del ejercicio de suderecho, recibió una botella de Frontera. Sabía leer.

    Eraposeedor del antídoto contra el ponzoñoso veneno de la vejez. Perono tenía qué leer. A regañadientes, el alcalde accedió a prestarle unos periódicos viejos queconservaba de manera visible, como pruebas de su innegable vinculación con elpoder central, pero a Antonio José Bolívar no le parecieron interesantes.

    Todo eso ocurríaen un mundo lejano, sin referencias que lo hicieran entendible y sin invitacionesque lo hicieran imaginable. Tres días se quedóel fraile en El Idilio, sin encontrar a nadie dispuesto a llevarlo a los caseríos delos colonos. Al fin, aburrido ante la indiferencia de la clientela, se sentó en elmuelle esperando a que el barco lo sacara de allí. Para matar las horas de 28 El libro en las manos del cura tuvo un efecto de carnada para los ojos deAntonio José Bolívar.

    Pacientemente, esperó hasta que el cura, vencido por elsueño, lo dejó caer a un costado. Era una biografía de san Francisco que revisó furtivamente, sintiendo queal hacerlo cometía un latrocinio deleznable.

    El cura despertó y miró divertido a Antonio José Bolívar con la narizmetida en el libro. Pero lo vi dormido y no quise molestarlo. A todas las criaturas de Dios. A mi manera. Dios quiero conocer a gentes emprenderoras privó de tal placer.

    San Francisco murió hace muchísimosaños. Es decir, dejó la vida terrenal y ahora vive eternamente junto al Creador. Es uno de mis preferidos. El cura enfatizaba sus palabras acariciando el gastado empaste. AntonioJosé Bolívar lo miraba embelesado, sintiendo la comezón de la envidia. Antes, cuando todavía era joven y no se me cansaban losojos, devoraba toda obra que llegara a mis manos. En el mundo hay millones y millones de libros. En todos losidiomas y tocan todos los temas, incluso algunos que deberían estar vedadospara los hombres.

    Antonio José Bolívar no entendió aquella censura, y seguía con los ojosclavados buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula las manos del cura, manos regordetas, blancas sobre el empasteoscuro.

    De todos los temas. Los hay de aventuras, de ciencia,historias de seres virtuosos, de técnica, de amor Del amor sabía aquello referido en las canciones,especialmente en los pasillos cantados por Julito Jaramillo, cuya voz deguayaquileño pobre escapaba a veces de una radio a pilas tornando taciturnos alos hombres. El llamado del Sucre anunció el momento de zarpar y no se atrevió apedirle al cura que le dejase el libro. Lo que sí le dejó, a cambio, fueron mayoresdeseos de leer. Bicho astuto.

    Tenía que hacerse de lectura y para ello precisaba salir de El Idilio. Tal vezno fuera necesario viajar muy lejos, tal vez en El Dorado habría alguien queposeyera libros, y se estrujaba la cabeza pensando en cómo hacer paraconseguirlos. Cuando las lluvias amainaron y la selva se pobló de animales nuevos,abandonó la choza y, premunido de la escopeta, varios metros de cuerda y elmachete convenientemente afilado, se adentró en el monte. Allí permaneció por casi dos semanas, en los territorios de los animalesapreciados por los hombres blancos.

    En la región de los micos, buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula, región de vegetación elevada, vació unasdocenas de cocos para preparar las trampas.

    Lo aprendió con los shuar y no eradifícil. El otroextremo de la cuerda se ataba a un tronco y finalmente se metían algunosguijarros en la calabaza. Las tomarían, las agitarían, y al escuchar el sonido de sonajeroproducido por los guijarros meterían una mano tratando de sacarlos. Dispuso las trampas, y antes de dejar la región de los micos buscó unpapayo alto, uno de los con razón llamados papayos del mico, tan altos, quesolamente ellos conseguían llegar hasta los frutos deliciosamente asoleados ymuy dulces.

    Meció el tronco hasta que cayeron dos frutos de pulpa fragante, y seencaminó hasta la región de los loros, papagayos y tucanes. Cargaba los frutos en el morral y caminaba buscando los claros de selva,evitando encuentros con animales no deseados.

    En cuanto se internó en esa espesura seprodujo un silencio que duró varias horas, hasta que las aves se acostum brarona su presencia. Con lianas y bejucos fabricó dos jaulas de tejido cerrado, y al tenerlas listasbuscó plantas de yahuasca. Entonces desmenuzó las papayas, mezcló la olorosa pulpa amarilla de losfrutos con el zumo de las raíces de yahuasca conseguido a golpes de mango de 30 Sabía dulce yfuerte.

    Al día siguiente comprobó el éxito obtenido con las trampas. En la región de los micos encontró a una docena de animales fatigados porel estéril esfuerzo de liberar sus manos empuñadas, atrapadas en las calabazas. Seleccionó tres parejas jóvenes, las metió en una de las jaulas y liberó al resto delos micos.

    Algunos intentaban caminar con pasos vacilantes o trataban delevantar el vuelo batiendo las alas sin coordinación. Sabía que la borrachera les duraría un par de días. Con el botín a la espalda regresó a El Idilio, y esperó a que la tripulacióndel Sucre terminara con las faenas de carga para acercarse al patrón.

    Usted me conoce. El patrón echó una mirada a las jaulas y se rascó la barba de varios díasantes de responder. Hace tiempo le prometí unoa mi hijo.

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    Durante la travesía charló con el doctor Rubicundo Loachamín y lo pusoal tanto de las razones de su viaje. El dentista lo escuchaba divertido. De seguro que en Guayaquil te los hubiera conseguido. Pero en cuanto lo sepa le cobraré la oferta. Para Antonio José Bolívar, luego decuarenta años sin abandonar la selva, era regresar al mundo enorme que antañoconociera. Una vez vendidos los micos y los loros, la maestra le enseñó su biblioteca. Se emocionó de ver tanto libro junto.

    Fueron cinco meses durante los cuales formó y pulió sus preferencias delector, busco amigos discapacidad mismo tiem po que se llenaba de dudas y respuestas.

    Los textos de historia le parecieron un corolario de mentiras. Bastaba verlos con losbucles bien cuidados, mecidos por el viento, para darse cuenta de que aquellostipos no eran capaces de matar una mosca. De tal manera que los episodios his-tóricos fueron desechados de sus gustos de lector. Por ahí marcha el asunto. Había de ser muycabrón para deleitarse haciendo sufrir de esa manera a un pobre chico como ElPequeño Lombardo, y, por fin, luego de revisar toda la biblioteca, encontróaquello que realmente deseaba.

    El Rosario, de Florence Barclay, contenía amor, amor por todas partes. El viejo se tendió enla hamaca esperando la llegada del sueño, mecido por el violento y monocordemurmullo del agua omnipresente. Antonio José Bolívar Proaño dormía poco.

    Con eso le bastaba. El resto del tiempo lodedicaba a las novelas, a divagar acerca de los misterios del amor y aimaginarse los lugares donde acontecían las historias.

    Esa era su mayor referencia del mundo, y al leer las tramas acontecidas enciudades de nombres lejanos y serios como Praga o Barcelona, se le antojabaque Ibarra, por su nombre, no era una ciudad apta para amores inmensos. Pero, sobre todo, le gustaba imaginar la nieve. Cuando no llovía, abandonaba la hamaca de noche y bajaba hasta el ríopara asearse. Enseguida cocinaba las porciones de arroz para el día, freía lonjasde banano verde, y si disponía de carne de mono acompañaba las comidas conunos buenos pedazos.

    Los colonos no apreciaban la carne de mono. Por otra parte, la carne de mono requería ser masticada largo tiempo, y enespecial a los que no tenían dientes propios les entregaba la sensación de habercomido mucho sin cargar innecesariamente el cuerpo. Bajaba las comidas con café cerrero tostado en una donde conocer chicas filipinas viva en de fierro ymolido a piedra, el que endulzaba con panela y fortalecía con unos chorritos deFrontera.

    En la estación de las lluvias las noches se prolongaban y se daba el gustode quedarse en la hamaca hasta que los deseos de orinar o el hambre loimpulsaban a abandonarla. Lo mejor de la estación de las lluvias era que bastaba con bajar al río,sumergirse, mover unas piedras, hurgar en el lecho fangoso, y ya se disponía deuna docena de camarones gordos para el desayuno.

    Así lo hizo esa mañana. Se desnudó, se ató a la cintura una cuerda cuyo 33 El río corría espeso hasta en el fondo, pero buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula manos expertas tantearon elfango luego de mover una piedra, hasta que los camarones se le prendieron delos dedos con sus vigorosas tenazas.

    Emergió con un puñado de bichos moviéndose frenéticos, y se aprestaba. Agudizó la vista tratando de descubrir la embarcación, mas la lluvia nopermitía ver nada. Buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula manto de agua caía sin descanso perforando la superficiedel río, con tal intensidad que ni siquiera alcanzaban a formarse aureolas.

    Sólo un demente se atrevería a navegar en medio delaguacero.

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    Escuchó cómo los gritos se repetían y divisó unas inciertas figurascorriendo hacia el muelle. Los hombres se hicieron a un lado al ver llegar al alcalde. El gordo veníasin camisa y, protegido bajo un amplio paraguas negro, soltaba agua por todo elcuerpo. Por toda respuesta le indicaron la canoa atada a uno de los pilares. Era unade aquellas embarcaciones mal construidas por los buscadores de oro. A bordo se mecía elcuerpo de un individuo con la garganta destrozada y los brazos desgarrados.

    Las manos, asomadas a los costados de la embarcación, mostraban los dedosmordisqueados por los peces, y no tenía ojos. El alcalde ordenó que subieran el cuerpo, y al tenerlo sobre las tablas delmuelle lo reconocieron por la boca. Era Napoleón Salinas, un buscador de oro al que la tarde anterior habíaatendido el dentista.

    Salinas era uno de los pocos individuos que no se sacabanlos dientes podridos, y prefería que se los parcharan con pedazos de oro. Teníala boca llena de oro y ahora enseñaba los dientes en una sonrisa que noprovocaba admiración, mientras la lluvia le alisaba los cabellos. El alcalde buscó al viejo con la mirada. Durante su vida entre los shuar no precisó de las novelas de amor para conocerlo.

    No era uno de ellos y, por lo tanto, no podía tener esposas. Pero era como uno de ellos, de tal manera que el shuar anfitrión, durante la estación de las lluvias, le rogaba aceptar a una de sus mujeres para mayor orgullo de su casta y de su casa. La mujer ofrendada lo conducía hasta la orilla del río. Sin posesión y sin celos. Así le explicó una vez el compadre Nushiño. Viendo pasar el río Nangaritza hubiera podido pensar que el tiempo esquivaba aquel rincón amazónico, pero las aves sabían que poderosas lenguas avanzaban desde occidente hurgando en el cuerpo de la selva.

    Ya no permanecían los tres años acostumbrados en un mismo lugar, para luego desplazarse y permitir la recuperación de la naturaleza. Los shuar se movían hacia el oriente buscando la intimidad de las selvas impenetrables. También le llegaba el momento chat hoy mujeres marcharse.

    Tomó la decisión de instalarse en El Idilio y vivir de la caza. Se sabía incapaz de determinar el instante de su propia muerte y dejarse devorar por las hormigas.

    El era como ellos, pero no uno de ellos, así que no tendría ni fiesta ni lejanía alucinada. Un día, entregado a la construcción de una buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula resistente, definitiva, escuchó el estampido proveniente de un brazo de río, la señal que habría de precipitar su partida. Corrió al lugar de la explosión y encontró a un grupo de shuar llorando. Le indicaron la masa de peces muertos en la superficie y al grupo de extraños que desde la playa les apuntaban con armas de fuego.

    Era un grupo integrado por cinco aventureros, quienes, para ganar una vía de corriente, habían volado con dinamita el dique de contención donde desovaban los peces. El supo que los blancos estaban perdidos. Uno de ellos, sin embargo, consiguió saltar, nadó hasta la orilla opuesta y se perdió chicas sexis sin nada ropa la espesura.

    Recién entonces se preocupó de los shuar caídos. Uno había muerto con la cabeza destrozada por la perdigonada a corta distancia, y el otro agonizaba con el pecho abierto. Era su compadre Nushiño. No me iré tranquilo, compadre. Los shuar lo rodearon. El conocía las costumbres de los blancos, y las débiles palabras de Nushiño le decían que llegaba el momento de pagar la deuda contraída cuando lo salvaron luego de la mordedura de la serpiente.

    No le costó dar con el rastro. El buscador de oro, en su desesperación, dejaba huellas tan nítidas que ni siquiera precisó buscarlas. A los pocos minutos lo encontró aterrorizado frente a una boa dormida. El hombre le apuntó con su escopeta. No te siguen. Aliviado, el buscador de oro bajó el arma y él aprovechó la situación para acertarle un golpe con la cerbatana. Le dio mal. Asombrado ante la potencia del disparo, se acercó al hombre. Había recibido la doble perdigonada en pleno vientre y se revolcaba de dolor.

    Sin hacer caso de los alaridos le ató por los tobillos, lo arrastró hasta la orilla del río, y al dar las primeras brazadas sintió que el infeliz ya estaba muerto. En la ribera opuesta lo esperaban los shuar. No lloraban por el extraño. Lloraban por él y por Nushiño. El no era uno de ellos, pero era como uno de ellos. Por su culpa, Nushiño no buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula iría.

    Se había deshonrado, y al hacerlo era responsable de la eterna desdicha de su compadre. Sin dejar de llorar, le buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula la mejor canoa. Podría pasar por los caseríos shuar, pero no tenía derecho a cuerpos haciendo amor. Los shuar empujaron la canoa y enseguida borraron sus huellas de la playa.

    El lugar estaba cambiado. Una veintena de casas se ordenaba formando una calle frente al río, y al final una construcción algo mayor enseñaba en el frontis un rótulo amarillo con la palabra ALCALDÍA. La depredaban sin consideración, y esto conseguía que algunas bestias se volvieran feroces. Y estaban también los gringos venidos desde las instalaciones petroleras.

    Llegaban en grupos bulliciosos portando armas suficientes para equipar a un batallón, y se lanzaban monte adentro dispuestos a acabar con todo lo que se moviera.

    Los gringos se iban, las pieles permanecían pudriéndose hasta que una mano diligente las arrojaba al río, y los tigrillos sobrevivientes se desquitaban destripando reses famélicas. Antonio José Bolívar se ocupaba de mantenerlos a raya, en tanto los colonos destrozaban la selva construyendo la obra maestra del hombre ci- vilizado: el desierto.

    Pero los animales duraron poco. Antonio José Bolívar Proaño se quedó con todo el tiempo para sí mismo, y descubrió que sabía leer al mismo tiempo que se le pudrían los dientes. Límpieme la boca y discutamos el precio de una de esas placas tan bonitas. El alcalde se vio obligado a usar todo su escaso poder de convicción para arrastrar a los escurridizos lugareños hasta la mesa gubernamental.

    Antonio José Bolívar llegó también hasta la mesa. Desconfiado, acercó el rostro hasta el papel que le tendían, y se asombró de ser capaz de descifrar los signos oscuros. Al sufragio universal y secreto. Por algo es un derecho.

    A su excelencia, el candidato del pueblo. Antonio José Bolívar votó al elegido y, a cambio del ejercicio de su derecho, recibió una botella de Frontera.

    Sabía leer. Era poseedor del antídoto contra el ponzoñoso veneno de la vejez. Pero no tenía qué leer. A regañadientes, el alcalde accedió a prestarle unos periódicos viejos que conservaba de manera visible, como pruebas de su innegable vinculación con el poder central, pero a Antonio José Bolívar no le parecieron interesantes.

    Todo eso ocurría en un mundo lejano, sin referencias que lo hicieran entendible y sin invitaciones que lo hicieran imaginable.

    Tres días se quedó el fraile en El Idilio, sin encontrar a nadie dispuesto a llevarlo a los caseríos de los colonos. Al fin, aburrido ante la indiferencia de la clientela, se sentó en el muelle esperando a que el barco lo sacara de allí. Para matar las horas de El libro en las manos del cura tuvo un efecto de carnada para los ojos de Antonio José Bolívar.

    Pacientemente, esperó hasta que el cura, vencido por el sueño, lo dejó caer a un costado. Era una biografía de san Francisco que revisó furtivamente, sintiendo que al hacerlo cometía un latrocinio deleznable. El cura despertó y miró divertido a Antonio José Bolívar con la nariz metida en el libro. Pero lo vi dormido y no quise molestarlo. A todas las criaturas de Dios. A mi manera. Dios me privó de tal placer.

    San Francisco murió hace muchísimos años. Es decir, dejó la vida terrenal y ahora vive eternamente junto al Creador.

    Es uno de mis preferidos. El cura enfatizaba sus palabras acariciando el gastado empaste. Antonio José Bolívar lo miraba embelesado, sintiendo la comezón de la envidia. Antes, cuando todavía era joven y no se me cansaban los ojos, devoraba toda obra que llegara a mis manos.

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    Tal vez no fuera necesario viajar muy lejos, tal vez en El Dorado habría alguien que poseyera libros, y se estrujaba la cabeza pensando en cómo hacer para conseguirlos. Cuando las lluvias amainaron y la selva se pobló de animales nuevos, abandonó la choza y, premunido de la escopeta, varios metros de cuerda y el machete convenientemente afilado, se adentró en el monte. Allí permaneció por casi dos semanas, en los territorios de los animales apreciados por los hombres blancos.

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    Meció el tronco hasta que cayeron dos frutos de pulpa fragante, y se encaminó hasta la región de los loros, papagayos y tucanes. Cargaba los frutos en el morral y caminaba buscando los claros de selva, evitando encuentros con animales no deseados.

    En cuanto se internó en esa espesura se produjo un silencio que duró varias horas, hasta que las aves se acostumbraron a su presencia. Con lianas y bejucos fabricó dos jaulas de tejido cerrado, y al tenerlas listas buscó plantas de yahuasca. Entonces desmenuzó las papayas, mezcló la olorosa pulpa amarilla de los frutos con el zumo de las raíces de yahuasca conseguido a golpes de mango de Buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula dulce y fuerte.

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    Pero en cuanto lo sepa le cobraré la oferta. Para Antonio José Bolívar, luego de cuarenta años sin abandonar la selva, era regresar al mundo enorme que antaño conociera. Una vez vendidos los micos y los loros, la maestra le enseñó su biblioteca. Se emocionó de ver tanto libro junto.

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    El Rosario, de Florence Barclay, contenía amor, amor por todas partes. El viejo se tendió en la hamaca esperando la llegada del sueño, mecido por el violento y monocorde murmullo del agua omnipresente. Antonio José Bolívar Proaño dormía poco.

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    Esa era su mayor referencia del mundo, y al leer las tramas acontecidas en ciudades de nombres lejanos y serios como Praga o Barcelona, se le antojaba que Ibarra, por su nombre, no era una ciudad apta para amores inmensos. Pero, sobre todo, le gustaba imaginar la nieve. Cuando no llovía, abandonaba la hamaca de noche y bajaba hasta el río para asearse.

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    Bajaba las comidas con café cerrero tostado en una callana de fierro y molido a piedra, el que endulzaba con panela y fortalecía con unos chorritos de Frontera. En la estación de las lluvias las noches se prolongaban y se daba el gusto de quedarse en la hamaca hasta que los deseos de orinar o el hambre lo impulsaban a abandonarla. Lo mejor de la estación de las lluvias era que bastaba con bajar al río, sumergirse, mover unas piedras, hurgar en el lecho fangoso, y ya se disponía de una docena de camarones gordos para el desayuno.

    Así lo hizo esa mañana. Se desnudó, se ató a la cintura una cuerda cuyo El río corría espeso hasta en el fondo, pero sus manos expertas tantearon el fango luego de mover una piedra, hasta que los camarones se le prendieron de los dedos con sus vigorosas tenazas. Emergió con un puñado de bichos moviéndose frenéticos, y se aprestaba.

    Agudizó la vista tratando de descubrir la embarcación, mas la lluvia buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula permitía ver nada.

    El manto de agua caía sin descanso perforando la superficie del río, con tal intensidad que ni siquiera alcanzaban a formarse aureolas. Sólo un demente se atrevería a navegar en medio del aguacero. Escuchó cómo los gritos se repetían y divisó unas inciertas figuras corriendo hacia el muelle. Los hombres se hicieron a un lado al ver llegar al alcalde. El gordo venía sin camisa y, protegido bajo un amplio paraguas negro, soltaba agua por todo el cuerpo.

    Por toda respuesta le indicaron la canoa atada a uno de los pilares. Era una de aquellas embarcaciones mal construidas por los buscadores de oro. A bordo se mecía el cuerpo de un individuo con la garganta destrozada y los brazos desgarrados.

    Las manos, asomadas a los costados de la embarcación, mostraban los dedos mordisqueados por los peces, y no tenía ojos. El alcalde ordenó que subieran el cuerpo, y al tenerlo sobre las tablas del muelle lo reconocieron por la boca.

    Era Napoleón Salinas, buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula, un buscador de oro al que la tarde anterior había atendido el dentista. Salinas era uno de los pocos individuos que no se sacaban los dientes podridos, y prefería que se los parcharan con pedazos de oro. Tenía la boca llena de oro y ahora enseñaba los dientes en una sonrisa que no provocaba admiración, mientras la lluvia le alisaba los cabellos.

    El alcalde buscó al viejo con la mirada. Antonio José Bolívar Proaño se inclinó junto al muerto sin dejar de pensar en los camarones que había dejado prisioneros. Abrió la herida del cuello, examinó los desgarros de los brazos, para asentir finalmente con un movimiento de cabeza.

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    Cuando las lluvias amainaron y la selva se pobló de animales nuevos,abandonó la choza y, premunido de la escopeta, varios metros de cuerda y elmachete convenientemente afilado, se adentró en el monte.

    Allí permaneció por casi dos semanas, en los territorios de los animalesapreciados por los hombres blancos. En la región de los micos, región de vegetación elevada, vació unasdocenas de cocos para preparar las trampas. Lo aprendió con los shuar y no eradifícil. El otroextremo de la cuerda se ataba a un tronco y finalmente se metían algunosguijarros en la calabaza.

    Las tomarían, las agitarían, y al escuchar el sonido de sonajeroproducido por los guijarros meterían una mano tratando de sacarlos. Dispuso las trampas, y antes de dejar la región de los micos buscó unpapayo alto, uno de los con razón llamados papayos del mico, tan altos, quesolamente ellos conseguían llegar hasta los frutos deliciosamente asoleados ymuy dulces.

    Meció el tronco hasta que cayeron dos frutos de pulpa fragante, y seencaminó hasta la región de los loros, papagayos y tucanes. Cargaba los frutos en el morral y caminaba buscando los claros de selva,evitando encuentros con animales no deseados. En cuanto se internó en esa espesura seprodujo un silencio que duró varias horas, hasta que las aves se acostumbrarona su presencia. Con lianas y bejucos fabricó dos jaulas de tejido cerrado, y al tenerlas listasbuscó plantas de yahuasca.

    Entonces desmenuzó las papayas, mezcló la olorosa pulpa amarilla de losfrutos con el zumo de las raíces de yahuasca conseguido a golpes de mango de 32 Sabía dulce yfuerte.

    Al día siguiente comprobó el éxito obtenido con las trampas. En la región de los micos encontró a una docena de animales fatigados porel estéril esfuerzo de liberar sus manos empuñadas, atrapadas en las calabazas. Seleccionó tres parejas jóvenes, las metió en una de las jaulas y liberó al resto delos micos. Algunos intentaban caminar con pasos vacilantes o trataban delevantar el vuelo batiendo las alas sin coordinación.

    Sabía que la borrachera les duraría un par porque no me busca servers de mis amigos en rust días.

    Con el botín a la espalda regresó a El Idilio, y esperó a que la tripulacióndel Sucre terminara con las faenas de carga para acercarse al patrón. Usted me conoce. El patrón echó una mirada a las jaulas y se rascó la barba de varios díasantes de responder.

    Hace tiempo le prometí unoa mi hijo. Durante la travesía charló con el doctor Rubicundo Loachamín y lo pusoal tanto de las razones de su viaje. El dentista lo escuchaba divertido.

    De seguro que en Guayaquil te los hubiera conseguido. Pero en cuanto lo sepa le cobraré la oferta. Para Antonio José Bolívar, luego decuarenta años sin abandonar la selva, era regresar al mundo enorme que antañoconociera. Una vez vendidos los micos y los loros, la maestra le enseñó su biblioteca. Se emocionó de ver tanto libro junto.

    Fueron cinco meses durante los cuales formó y pulió sus preferencias delector, al mismo tiempo que se llenaba de dudas y respuestas. Los textos de historia le parecieron un corolario de mentiras. Bastaba verlos conlos bucles bien cuidados, mecidos por el viento, para darse cuenta de queaquellos tipos no eran capaces de matar una mosca. De tal manera que losepisodios históricos fueron desechados de sus gustos de lector. Por ahí marcha el asunto. Había de ser muycabrón para deleitarse haciendo sufrir de esa manera a un pobre chico como ElPequeño Lombardo, y, por fin, luego de revisar toda la biblioteca, encontróaquello que realmente deseaba.

    El Rosario, de Florence Barclay, contenía amor, amor por todas partes. El viejo se tendió enla hamaca esperando la llegada del sueño, mecido por el violento y monocordemurmullo del agua omnipresente. Antonio José Bolívar Proaño dormía poco. Con eso le bastaba. El resto del tiempo lodedicaba a las novelas, a divagar acerca de los misterios del amor y aimaginarse los lugares donde acontecían las historias, buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula.

    Esa era su mayor referencia del mundo, y al leer las tramas acontecidas enciudades de nombres lejanos y serios como Praga o Barcelona, se le antojabaque Ibarra, por su nombre, no era una ciudad apta para amores inmensos. Pero, sobre todo, le gustaba imaginar la nieve. Cuando no llovía, abandonaba la hamaca de noche y bajaba hasta el ríopara asearse. Enseguida cocinaba las porciones de arroz para el día, freía lonjasde banano verde, y si disponía de carne de mono acompañaba las comidas conunos buenos pedazos.

    Los colonos no apreciaban la carne de mono. Por otra parte, la carne de mono requería buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula masticada largo tiempo, y enespecial a los que no tenían dientes propios les entregaba la sensación de habercomido mucho sin cargar innecesariamente el cuerpo. Bajaba las comidas con café cerrero tostado en una callana de fierro ymolido a piedra, el que endulzaba con panela y fortalecía con unos chorritos deFrontera.

    En la estación de las lluvias las noches se prolongaban y se daba el gustode quedarse en la hamaca hasta que los deseos de orinar o el hambre loimpulsaban a abandonarla. Lo mejor de la estación de las lluvias era que bastaba con bajar al río,sumergirse, mover unas piedras, hurgar en el lecho fangoso, y ya se disponía deuna docena de camarones gordos para el desayuno. Así lo hizo esa mañana. Se desnudó, se ató a la cintura una cuerda cuyo 35 El río corría espeso hasta en el fondo, pero sus manos expertas tantearon elfango luego de mover una piedra, hasta que los camarones se le prendieron delos dedos con sus vigorosas tenazas.

    Emergió con un puñado de bichos moviéndose frenéticos, y se aprestaba. Agudizó la vista tratando de descubrir la embarcación, mas la lluvia nopermitía ver nada. El manto de pareja bisex busca caía sin descanso perforando la superficiedel río, con tal intensidad que ni siquiera alcanzaban a formarse aureolas.

    Sólo un demente se atrevería a navegar en medio delaguacero. Escuchó cómo los gritos se repetían y divisó unas inciertas figurascorriendo hacia el muelle.

    Los hombres se hicieron a un lado al ver llegar al alcalde. El gordo veníasin camisa y, protegido bajo un amplio paraguas negro, soltaba agua por todo elcuerpo. Por toda respuesta le indicaron la canoa atada a uno de los pilares. Erauna de aquellas embarcaciones mal construidas por paginas seguras para conocer gente buscadores de oro.

    A bordo semecía el cuerpo de un individuo con la garganta destrozada y los brazosdesgarrados. Las manos, asomadas a los costados de la embarcación, mostrabanlos dedos mordisqueados por los peces, y no tenía ojos.

    Lo que tu posición al dormir revela de tu relación

    El alcalde ordenó que subieran el cuerpo, y al tenerlo sobre las tablas delmuelle lo reconocieron por la boca. Era Napoleón Salinas, un buscador de oro al que la tarde anterior habíaatendido el dentista. Salinas era uno de los pocos individuos que no se sacabanlos dientes podridos, y prefería que se los parcharan con pedazos de oro.

    Teníala boca llena de oro y ahora enseñaba los dientes en una sonrisa que noprovocaba admiración, mientras la lluvia le alisaba los cabellos. El alcalde buscó al viejo con la mirada. Antonio José Bolívar Proaño se inclinó junto al muerto sin dejar de pensaren los camarones que había dejado prisioneros. Abrió la herida del cuello,examinó los desgarros de los brazos, para asentir finalmente con unmovimiento de cabeza.

    Tarde o temprano, se lo iba a llevar la parca —comentó el alcalde. El gordo tenía razón. Durante la época de lluvias los buscadores de oropermanecían encerrados en sus chozas mal construidas, esperando por las 36 A veces, desde el muelle de El Idilio miraban pasar un cuerpo hinchadoentre las ramas y troncos arrastrados por la crecida, y nadie se preocupaba deecharle un lazo. Napoleón Salinas tenía la cabeza colgando y sólo los brazos desgarradosindicaban que trató de defenderse. El alcalde vació los bolsillos.

    Encontró un desteñido documentoidentificatorio, algunas monedas, restos de tabaco y una bolsita de cuero. Laabrió, y contó veinte pepitas de oro, pequeñas como granos de arroz. Salió de aquí tarde, bastante borracho,lo sorprendió el aguacero y se arrimó a la orilla para pernoctar. Ahí lo atacó lahembra.

    El alcalde ordenó a uno de los reunidos que le sostuviera el paraguas paratener las manos libres, y repartió las pepitas de oro entre los presentes. Trasrecobrar el paraguas, empujó al muerto con un pie hasta que cayó de cabeza alagua.

    El cuerpo se hundió pesadamente y la lluvia impidió Ver dónde volvió asalir a flote. Los hombres seguían mirando al viejo. Lo obligaron a hablar. Al nuestro —respondió el gordo. Al nuestro. Siempre se busca este lado,porque, si en una de ésas se pierde la canoa, queda el recurso de regresar alpoblado abriéndose sendero a machete.

    Eso mismo pensó el pobre Salinas. Las palabras del viejo produjeron comentarios nerviosos, y los hombresdeseaban oír algo del alcalde. El gordo sentía la espera como una agresión y simulaba meditar 37 Sin ojos y mediocomido por los animales. Eso no ocurre en una hora, ni en cinco. No veomotivos para cagarse en los pantalones —bravuconeó el alcalde. Pero también es cierto que el muerto no venía del todo tieso,y no apestaba —agregó el viejo. Dio media vueltay se marchó pensando en si comería los camarones fritos o cocidos.

    Al entrar en la choza, por entre la capa de lluvia pudo ver sobre el muellela solitaria y obesa silueta del alcalde bajo el paraguas, como un enorme yoscuro hongo recién crecido sobre las tablas.

    Capítulo sexto Luego de comer los sabrosos camarones, el viejo limpió prolijamente suplaca dental y la guardó envuelta en el pañuelo.

    Acto seguido, despejó la mesa,arrojó los restos de comida por la ventana, abrió una botella de Frontera y sedecidió por una de las novelas. Lo rodeaba la lluvia por todas partes y el día le entregaba una intimidadinigualable. La novela empezaba bien. Se deslizaban por los canales. Le gustó el comienzo. Le pareció muy acertado que el autor definiera a los malos con claridaddesde el principio. De esa manera se evitaban complicaciones y simpatíasinmerecidas. A lo mejor en una de esas contadasocasiones lo hizo así, ardorosamente, como el Paul de la novela, pero sinsaberlo.

    En todo caso, fueron muy pocos besos porque la mujer, o respondía conataques de risa, o señalaba que podía ser pecado. Besar ardorosamente.

    Entre hombres y mujeres existían las caricias, por todo el cuerpo, y no lesimportaba si había otras personas. En el momento del amor tampoco besaban. Buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula shuar no besaban. Recordó también cómo, en una oportunidad, vio a un buscador de orotumbando a una jíbara, una pobre mujer que deambulaba entre los colonos ylos aventureros implorando por un buche de aguardiente.

    El que tuviera ganasla arrinconaba y la poseía, buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula. La pobre buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula, embrutecida por el alcohol, no sedaba cuenta de lo que hacían con ella. Esa vez, el aventurero la montó sobre laarena y le buscó la boca con la suya. La mujer reaccionó como una bestia. Desmontó al hombre, le lanzó unpuñado de arena a los ojos y se largó a vomitar con un asco indisimulable.

    Si en eso consistía besar ardorosamente, entonces el Paul de la novela no 39 Al parecer, en Venecia las calles estaban anegadas y, por eso, las gentesprecisaban movilizarse en góndolas. Las góndolas. La Góndola del Nangaritza. En medio de tales pensamientos lo envolvió el sopor de las dos de la tardey se tendió en la hamaca sonriendo socarronamente al imaginar personas queabrían las puertas de sus casas y caían a un río apenas daban el primer paso.

    Por el sendero corría una acémila enloquecida entre estremecedoresrebuznos, y lanzando coces a quienes intentaban detenerla. Tras un gran esfuerzo, los hombres consiguieron rodear al esquivo animaly, evitando las patadas, fueron cerrando el cerco.

    Algunos caían para levantarsecubiertos de lodo, hasta que por fin lograron tomar el animal por las bridas einmovilizarlo. La acémila mostraba profundas heridas a los costados y sangrabacopiosamente por un desgarro que empezaba en la cabeza y terminaba en elpecho de pelambre rala.

    El alcalde, esta vez sin paraguas, ordenó que la tumbaran buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula le despachó eltiro de gracia. El animal recibió el impacto, lanzó un par de patadas al aire y sequedó quieto. Ésta abrió el cajón de la venta con disgusto, hurgó entre los billetes mugrientos y lo cerró de golpe. No tenía vuelto. Siempre la misma historia de salir a buscar cambio. Se echó el delantal sobre los brazos desnudos y agarró la calle, no sin volver a mirar al de la banquita para recomendarle que estuviera ojo al Cristo con el cliente: un contacto sexo en madid sí voy a tener cuidado, un que no se vaya a robar algo.

    Aquí tiene usted mi tarjeta. El viento le arrebató el sombrero y tuvo que volver corriendo a darle alcance. Dos y tres veces se le fue de las manos. Por fin le dio caza. Los aspavientos del que persigue gente busca pareja ave de corral. Volvió al fondín, con el pretexto del vuelto, a ver la impresión que su salida repentina había hecho al de la banquita y lo encontró luchando con la fondera; la tenía acuñada contra la pared y con la boca ansiosa le buscaba la boca para darle un beso.

    Pero la fondera no se dejaba por aquello de que la que da el beso da el queso. El favorito sintió que le llovía luz en los ojos. Rascar el ala. Contar que se opone la familia. Buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula un rapto. Rapto y parto tienen las mismas letras.

    Cabalmente acabamos de hablar y lo vamos a hacer esta noche. La fondera sirvió tres tragos mientras aquéllos encendían los cigarrillos. Vale por dos, salvo que quiera que le manden un suple; tengo un amigo con quien quedé de juntarme por onde los chinos.

    Pues, sí hay, encuentran muerto hombre en valencia perdone, señor, que le corte la palabra; yo no se lo quería decir: la mujer de ese Genaro Rodas, una tal llamada Fedina, anda contando que la hija del general va a ser madrina de su hijo; quiere decir que ese Genaro Rodas, tu amigo, para lo que el señor lo quiere no es mestrual.

    Volveré le madrugada, dos menos cuarto o una y media, que el amor se llama a luego y fuego. Un perro vomitaba en la reja del Sagrario.

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    Creí que te se había olvidado. Ya te voy a contar qué hubo de aquello. Vamos a meternos un trago. No sé, pero tengo ganas de meterme un trago. Venite, pasemos por el Portal a ver si hay algo. Atravesemos por el atrio de la Catedral, si te perece. Y qué aire el que se alborotó. Las sombras de las pilastras echadas en el piso ocupaban el lugar de los mendigos.

    Una escalera, y otra, y otra, advertían que un pintor de brocha gorda iba a rejuvenecer el edificio. Pero la presencia de la Policía Secreta les aguó la fiesta. En voz baja se preguntaban el porqué de aquella vigilancia. El silencio ordeñaba el eco espeso de buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula pasos. Adelante, calle arriba, se colaron en una cantina llamada El Despertar del León.

    Ambos vaciaron las copas de un solo trago. Yo le hice ver que vos querías entrar a la policía secreta, que eras un tipo muy de a petate.

    Todos han choteado que ésa es la carrera del porvenir. Rodas frotó sobre las palabras de su amigo un gesto de hombros v una palabra ininteligible. Había venido con la esperanza de encontrar trabajo.

    En cuanto sepamos de otro hueso te lo consigo. No sé si te conté. En esta vida, viejo, el todo es decidirse. Don Lucho, el cantinero, llenó de nuevo las copas. Atendía a los clientes luciendo sus tirantes de seda negra.

    Lo que yo digo es que si ya saben quiénes se tiraron al coronel, no vale la pena que estén esperando que esos señores vuelvan por el Portal para capturarlos, o. De veras, de veras que no. Estamos esperando a un hombre con rabia. Aquel alto, huesudo, de las piernas torcidas, que corría por las calles como loco. Sí te habés de acordar, ya lo creo.

    Pues a ése es al que estamos atalayando en el Portal, de donde desapareció hace tres días. Le vamos a dar chorizo. Lo que la policía espera en el Portal es el regreso de los que le retorcieron el pescuezo al coronel. La plaza asomó por fin. Grada por grada subió al Portal del Señor, grada por grada, a estirones de gato moribundo, y se arrinconó en una sombra con la boca abierta, los ojos pastosos y los trapos.

    Aquélla se la sirvió volando. El tipo pidió otra y pagó con un billete de cien varas. Aquélla no tenía vuelto y fue a descambiar. Pero yo me hice una brochota grande, pues desde que vi entrar al traído se me puso que. La hija del general Canales era la patoja, que había salido a ponerse de acuerdo con él. No sabés cómo me rogó para que yo le ayudara en el volado, pero yo qué iba a poder, con esta cuidadera del Portal. Rodas acompañó esta exclamación con un chisguetazo de saliva.

    Lo que sí me extraña es la prisota que se cargaba por robarse a la muchacha ésa hoy mismo. Don Lucho llenó las copas y los amigos no tardaron en vaciarlas. Escupían sobre gargajos y chencas de cigarrillos baratos. Estas voces se confundieron con la voz del cantinero, que se acercó a despedirles hasta la puerta. Y reía, reía ensayando a dar pasos de baile con las manos en las bolsas de la chaqueta cuta y cuando tomaba su risa ahogo de queja y ya no era gusto sino sufrimiento, se doblaba por la cintura para defender la boca del estómago.

    De pronto guardó silencio. La carcajada se le endureció en la boca, como el yeso que emplean los dentistas para tomar el molde de la dentadura. Había visto al Pelele. Sus pasos patearon el silencio del Portal. El idiota se quejaba quedito y recio como un perro herido.

    Un alarido desgarró la noche. Rodas asistía a la escena, sin movimiento, con el resuello espeso, empapado en sudor. Al primer disparo el Pelele se desplomó por la gradería de piedra. Otro disparo puso fin a la obra. Los turcos se encogieron entre dos detonaciones. Y nadie vio nada, pero en una de las ventanas del Palacio Arzobispal, los ojos de un santo ayudaban a bien morir al infortunado y en el momento en que su cuerpo rodaba por las gradas, su mano con esposa de amatista, le absolvía abriéndole el Reino de Dios.

    De repente abrióse una puerta en el Portal del Señor y como ratón asomó el titiritero. Su mujer lo empujaba a la calle, con curiosidad de niña de cincuenta años, para que viera y le dijera lo que sucedía. Cuando el titiritero se apeaba los dientes postizos, para hablar movía la boca chupada como ventosa. Don Benjamín dejó pasar a su esposa, que asomó desgreñada, con un seno colgando sobre el camisón de indiana amarilla y el otro enredado en el escapulario de la Virgen del Carmen.

    Entendé que no. Don Benjamín no medía un metro; era delgadito y velludo como murciélago y estaba aliviado si quería ver en lo que paraba aquel grupo de gentes y gendarmes a espaldas de doña Venjamón, dama de puerta mayor, dos asientos en el tranvía, uno para cada nalga, y ocho varas y tercia por vestido. El titiritero yo no encuentro la forma mujer para olvidarte verde, morado, anaranjado, de todos colores.

    A lo lejos, mientras él pataleaba sobre el vientre o cofre de su esposa, cuatro hombres borrachos cruzaban la plaza llevando en una camilla el contactos gay ciclistas en el puerto de santa maria del Pelele. Doña Venjamón se santiguó. Su cara mitad lo dejaba hablar, cara mitad inverosímil, pues si él apenas llegaba a mitad de naranja mandarina, ella sobraba para toronja; le dejaba hablar, parte porque no le entendía una palabra sin los dientes y parte por no faltarse al respeto de obra.

    Un cuarto de hora después, doña Venjamón roncaba como si su aparato respiratorio luchase por no morir aplastado bajo aquel tonel de carne, y él, con el hígado en los ojos, maldecía de su matrimonio.

    Pero su teatro de títeres salió ganancioso de aquel lance singular. Los muñecos se aventuraron por los terrenos de la tragedia, con el llanto goteado de sus ojos de cartón piedra, mediante un sistema de tubitos que alimentaban con una jeringa de lavativa metida en una palangana de agua.

    Los niños reían de ver llorar. Los niños reían de ver pegar. Lo uno o lo otro, lo cierto es que en el teatrillo del titiritero del Portal funcionó por mucho tiempo aquel chisme de lavativa que hacía llorar a los muñecos para divertir a los niños. Grupos de muchachos se divertían en las esquinas con los ronrones que atraídos por la luz revoloteaban alrededor de los focos eléctricos. Se veía en las ventanas parejas de novios entregados a la pena de sus amores, y patrullas armadas de bayonetas y rondas armadas de palos que al paso del jefe, hombre tras hombre, recorrían las calles tranquilas.

    Algunas noches, sin embargo, cambiaba todo. La madre de la novia, con su presencia, ponía fin a las escenas amorosas haciendo correr al novio, sombrero en buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula, como si se le hubiera aparecido el Diablo, buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula.

    La impresión de los barrios pobres a estas horas de la noche era de infinita soledad, de una miseria sucia con restos de abandono oriental, sellada por el fatalismo religioso que le hacía voluntad de Dios.

    Genaro se detuvo un momento con el gesto indeciso del que se arrepiente de decir algo al amigo que se va; luego acercóse a una casa —vivía en una tienda— y llamó con el dedo. En camisón y despeinada, su esposa, Fedina de Rodas, alzó el brazo levantando la candela a la altura de la cabeza, para verle la cara. Al entrar Genaro, bajó la candela, y dejó caer los aldabones con gran buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula y encaminóse a su cama, sin mensajes de animo para mi amor palabra.

    Frente al reloj plantó la luz para que viera el resinvergüenza a qué horas llegaba. Éste se detuvo a acariciar al gato que dormía sobre la tilichera, ensayando a silbar un aire alegre.

    Fedina tomó el faldón de las manos de su marido, como una bandera de paz, y sentóse en la cama muy animada a contarle que era obsequio de la hija del general Canales, a quien tenía hablada para madrina de su primogénito. Rodas escondió la cara en la sombra que bañaba la cuna de su hijo, y, de mal humor, sin oír lo que hablaba su mujer de los preparativos del bautizo, interpuso la mano entre la candela y sus ojos para apartar la luz, mas al instante la retiró sacudiéndola para limpiarse el reflejo de sangre que le pegaba los dedos.

    A los muertos se les debía mecer como a los niños. Era un fantasma color de clara de huevo, con nube en los ojos, sin pelo, sin cejas, sin dientes, que se retorcía en espiral como los intestinos de los incensarios en el Oficio de Difuntos.

    A lo lejos escuchaba Genaro la voz de su mujer. Hablaba de su hijo, del bautizo, de la hija del general, de invitar a la vecina de pegado a la casa, al vecino como amigos en snapchat de enfrente, a la vecina de a la vuelta, al vecino de la esquina, al de la fonda, al de la carnicería, al de la panadería.

    El grito de su esposa bañó de puntitos negros el fantasma de la muerte, puntitos que marcaron sobre la sombra de un rincón el esqueleto. La voz de su esposa arropó el esqueleto. Un ojo se le paseaba por los dedos de la mano derecha como una luz de lamparita eléctrica.

    Del meñique al mediano, del mediano al anular, del anular al índice, del índice al pulgar. Un ojo. Un solo ojo. Se le tasajeaban las palpitaciones. Apretó la mano para destriparlo, duro, hasta enterrarse las uñas en la carne. Una rociada de caldo de res hirviente le empapaba las sienes. Fedina le retiró del canasto donde dormía su hijo. Es que me veo las manos. Son mis ojos, es un ojo. Junto al cuerpo de su mujer, un bello cuerpo de mujer joven, saltaba el ojo.

    Fedina apagó la luz, mas fue peor; el ojo creció en la sombra con tanta rapidez, que en un segundo abarcó las paredes, el piso, el techo, las casas, su vida, su hijo. Fedina se santiguó. Genaro le dijo que volviera a apagar la luz. El ojo se hizo un ocho al pasar de la claridad a la tiniebla, luego tronó, parecía que se iba a estrellar con algo, y no tardó en estrellarse contra unos pasos que resonaban en la calle.

    Ella le pasó el brazo encima para alcanzar la caja de fósforos. A lo lejos se oyeron las ruedas de un carruaje. Genaro, con los dedos metidos en la boca, hablaba como si se estuviera ahogando: no quería quedarse solo y llamaba a su mujer que, para calmarle, se había echado la enagua e iba a salir a calentarle un trago de café. A los gritos de su marido, Fedina volvió a la cama presa de miedo.

    Pensaba en los gusanos que le sacaron del estómago a la Niña Enriqueta, la del Mesón del Teatro; en el paxte que en lugar de sesos le encontraron a un indio en el hospital; en el Cadejo que no dejaba dormir.

    Pero el Trisagio sacudió a Genaro como si le estuvieran pegando. Las piernas abiertas, la mirada inmóvil. Le hizo callar un sollozo del crío. Ella levantó del canasto al niño envuelto en sus ropillas de franela y fe dio el pecho, sin poder alejarse del marido que le infundía asco y que arrodillado se buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula a sus piernas, gemebundo.

    Al oír lo que no era creíble, Fedina lloró con la facilidad y abundancia con que lloran las gentes del pueblo por las desgracias ajenas. La criatura se adormeció. Había pasado la noche y estaban bajo una especie de ensalmo, cuando la aurora pintó bajo la puerta su renglón de oro y se quebraron en el silencio de la tienda los toquidos de la acarreadora del pan. El afanoso trotar de los espías le iba pisando los calcañales.

    Le producía basca el dolor de una hernia inguinal que se apretaba con los dedos. En la respiración se le escapaban restos de palabras, de quejas despedazadas y el sabor del corazón que salta, que se encoge, faltando por momentos, a tal punto que hay que apretarse la mano al pecho, enajenados los ojos, suspenso el pensamiento, y agarrarse a él a pesar de las costillas, como a un miembro entablillado, para que dé de sí.

    Menos mal. Acababa de cruzar la esquina que ha un minuto viera tan lejos. Y ahora a la que sigue, sólo que ésta. Por poco se le van los pies. En el confín de la calle resbalaba un carruaje. Él era el que iba a resbalar. Pero él vio que el carruaje, las casas, las luces. Apretó el paso. Acababa de doblar la esquina que minutos ha viera tan distante. Y ahora a la otra, sólo que ésta. Se mordió los dientes para poder contra las rodillas.

    Ya casi no daba paso. Las rodillas. Acortó la marcha. Seguían las esquinas desamparadas. Se llevó la mano al pecho para arrancarse la cataplasma de miedo que le había pegado el favorito.

    Le faltaban sus medallas militares. En el contactos para sexo en sevilla de sí mismo se iba abriendo campo otro general Canales, un general Canales que avanzaba a paso de tortuga, a.

    Al lado de este intruso vestido de color sanate, peludo, deshinchado, junto a este entierro de pobre, el otro, el auténtico, el verdadero Chamarrita parecía, sin jactancia de su parte, entierro de primera por sus cordones, flecos, laureles, plumajes y saludos solemnes.

    Sin aflojar el paso, Canales apartó los ojos de su fotografía de gala sintiéndose moralmente vencido. Iba sobre las ruinas de él mismo pisoteando a lo largo de las calles sus galones. Otro gallo le cantaría si usted fuera culpable. El crimen es preciso porque garantiza al gobierno la adhesión del ciudadano.

    Le estaría esperando con el alma en un hilo. Sonó el reloj de la torre de la Merced. El cielo estaba limpio, tachonado de estrellas, sin una nube. Al asomar a la esquina de su casa vio las ventanas iluminadas.

    Sus reflejos, que se regaban hasta media calle, eran un ansia. Hay que ganar tiempo. Te explicaré. Que mi asistente prepare una bestia en la cochera. Después mandaré por mi ropa. Te vas a quedar con Juan unos días. Le faltaba la voz. Le temblaba el color. Nunca lo había visto así. El general escribía a vuelapluma al pasar la sirvienta por la sala, cerrando las ventanas a piedra y lodo. El silencio que ahora se apoderaba de la casa y que turbaban las toses del general, las carreras de su hija, los sollozos de la sirvienta y un acoquinado abrir y cerrar de armarios, cómodas y alacenas, era un silencio acartonado, amordazante, molesto como ropa extraña.

    Agregan que el general se marchó agitadísimo. El amo le dejó entender —me informa por teléfono— que Canales había venido a ofrecerle a su hija a cambio de una eficaz intervención en su favor cerca del Presidente. Romsth, a quien la policía sigue por separado, y volvió a su casa-habitación a las siete y media de la noche.

    No se le vio. Fecha ut supra. Y ya que Dios quiso que me desocupara tempranito en el Portal, puedo darme este placer. La fonda de la Masacuata asomó por fin, pero las aguas se le juntaron al ver el reloj de la Merced. Casi era la hora. Pero no hubo tal; la Masacuata, hecha una mansa paloma, se dejó abrazar y al unir sus bocas, sellaron el convenio dulce y amoroso de llegar a todo aquella noche.

    Cerca veíase un ramo de rosas de papel. La imagen de la Virgen se borró en la sombra y por el suelo rodaron dos cuerpos hechos una trenza de ajos. Al volver una esquina les detuvo una patrulla.

    El favorito se entendió con el jefe, mientras los soldados los rodeaban. La mole del templo de la Merced asomó al extremo de la calle. El favorito mandó que no se llegara en grupo adonde la Masacuata.

    El Tus-Tep, en la vecindad de una colchonería. Los pasos de los que formaban el grupo se fueron apagando por rumbos opuestos. Un tonto, un loco y un niño no habrían concertado tan absurdo plan. Aquello no tenía pies ni cabeza, y si el general y el favorito, a pesar de entenderlo así, lo encontraron aceptable, fue porque uno y otro lo juzgó para sus adentros trampa de doble fondo. Su impresión fue fatal.

    De buena fe se llegó a consentir protector del general y por lo mismo con cierto derecho sobre su hija, derecho que sentía sacrificado al buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula, después de todo, en su papel de siempre, de instrumento ciego, en su puesto de esbirro, en su sitio de verdugo.

    Un viento extraño corría por la planicie de su silencio. Entrevió a su hija que le sonreía agradecida. No, usté, créame que no. No, usté, ni para remedio, y podría apostar mi cabeza. Se lo aseguro, usté. Sí, usté, esa vez sí que salí yo franco. La Masacuata agregóse con una copa de anisado. Y bebieron los tres. Todos seguían la marcha del reloj. Los escupitajos golpeaban el piso como balazos. Sus grandes ojos negros seguían de mueble en mueble el pensamiento que con insistencia de mosca le asaltaba en los instantes decisivos: tener mujer e hijos.

    Sonrió para su saliva recordando la anécdota de aquel reo político condenado a muerte que, doce horas antes de la ejecución, recibe la visita del Auditor de Guerra, enviado de lo alto para que pida una gracia, incluso la vida, con tal que se reporte en su manera de hablar. That is the life in the tropic! Canales vestía pantalón de montar y casaca azul. Sobre su casaca limpia de entorchados se destacaba, sin mancha, su cabeza cana. El alma no comprende de felicidad ni la desgracia sin deletrearlas antes.

    Hay que morder y morder el pañuelo salóbrego de llanto, rasgarlo, hacerle dientes con los dientes. El general Canales la envolvió en sus brazos para decirle adiós. La pobrecita se quedó con la idea de que yo no regresaría y fue ella la que no me esperó. Al oír que andaban en la azotea, el viejo militar arrancó a Camila de sus brazos y atravesó el patio, por entre arriates y macetas con flores, hacia la puerta de la cochera.

    El perfume de cada azalea, de cada geranio, de cada rosal, le decía adiós. La casa se apagó de una vez, como cortada a tajo del resto de las casas. Huir no era digno de un soldado. Pero la idea de volver a su país al frente de una revolución libertadora. Antes de que su voz se perdiera en la noche inmensa acudieron los primeros gendarmes, los que cuidaban el frente de la casa, soplando los largos dedos huecos de los silbatos.

    ANIME HACIENDO EL AMOR

    Sonido destemplado de metal y madera. La puerta de la calle se franqueó en seguida. La puerta de par en par se los tragaba a todos. Río revuelto. En las casas hay tanta cosa indispuesta con su dueño. Algunos encendían fósforos para dar con los armarios, los aparadores, las cómodas. Otros, perdidos en la sala, derribaban las sillas, las mesas, las esquineras con retratos, barajas. A lo lejos se oyó una risa de tenedores, cucharas y cuchillos regados en el piso y en seguida un grito que machacaron de un golpe.

    La Chabelona ocultaba a Camila en el comedor, entre la pared y uno de los aparadores. El favorito buscar imagen de pareja dandose la espalda metidos.en.una jaula hizo rodar de un empellón.

    La vieja se llevó en las trenzas enredado el agarrador de la gaveta de los cubiertos, que se esparcieron por el suelo.

    Pegó al bulto. Se tiraba del pelo, gritaba, hacía caras. Le caía mal formar parte de aquella nube de gente emparentada. Ser la nena. Ir con ellos a la parada. Ir con ellos a todas partes. A misa de doce, al Cerro del Carmen, a montarse al caballo rubio, a dar vueltas al Teatro Colón, a bajar y subir barrancos por El Sauce. Sus tíos eran unos espantajos bigotudos, con ruido de anillos en los dedos. Sus primos unos despeinados, gordinflones, plomosos. Sus tías unas repugnantes. Le rendían el sombrero.

    Era el general Canales. Camila conocer gente nueva mejores espiaba escondida en el cortinaje.

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